008 Tarde de toros

Bienvenido Mister Marshall, pelíciula dirigida por Luis García Berlanga (1953)

En Vistalegre, La Plaza, todo a punto para comenzar. A las cinco de la tarde. El público sentado o buscando su acomodo, las mujeres arriba del tendido: sólo cigarreras con sus canastillas de labores y horteras con sus cestas de fruta suben y bajan las gradas en busca de clientes.

La banda ejecuta un pasodoble a ritmo de paso ligero, para sacudir la modorra del respetable.

En el palco de autoridades, endomingadas y engominadas, echan humos habanos y caliqueños el señor alcalde (que lo es porque sus vecinos de palco han querido que lo sea el vecino, o algo así), el señor cura (de negro sotana, y al que le suda la calva bajo la mecha monocapa de pelo), el señor juez (de negro toga hasta la puñeta), el señor veterinario (de negro ala de mosca, que fiscaliza la buena salud de las reses que se lidian, a criterio fecal o de sus heces) y la pareja de guardias civiles (de verde oliva, cuyos tricornios brillan con destellos de negro charol). Presiden la tarde de toros negros tizones el Gobernador Civil de la cosa pública (de negro teñido, el pelo) y su señora la Gobernadora (de negro procesional, con peineta i toquilla)

Como buen Presidente de festejos, al Gobernador le preocupan la paz y la convivencia cívicas dentro y fuera de la plaza, pero lo que realmente le quita el sueño es dar espectáculo, allá donde convenga. Por eso le ha encargado al empresario taurino Sexto de la saga de “Loborbone” una fiesta con los más bravos ejemplares de la mejor ganadería. Con soberano juicio, el Sexto propone la Catalana de Fires i Firetes, y que el festejo se celebre en modo “sobrao patrio”, es decir, sin peto de protección para los caballos de picadores y errejoneadores, para darle emoción a su público que lo es.

A una señal del Gobernador, la banda acaba de ejecutar pasodobles y se hace el silencio, casi corpóreo. Los presentes callan, los ausentes… ay, ¡nadie se acuerda de ellos!, y todos esperan la orden de que comience la tarde de toros.

Otra discreta señal, y la corneta ataca el toque de salida del astado. La radio y la televisión muy-mucho-españolas alaban las grandezas del ganado que se va a lidiar: Más de 500 quilos ¡en canal!,… más de metro y medio entre astas, tres metros de toro hasta el rabo… ¡La benemérita gorrina que los parió! Y relatan su ya mediática bravura en la dehesa catalana acometiendo a los banderilleros españoles desembarcados cual infantes de marina.

La respiración suspendida al abrirse la puerta de toriles. Segundos tensos. Pero nada sale de allí a tiempo de recuperar el resuello. Golpes a la puerta y recuerdos a la madre de los astados, para incitarles a recibir su merecido: que vayan saliendo de uno en uno y con el lomo a punto de charcutería.

El bicho se hace esperar. Cuando por fin asoma el morro, sus movimientos pesados y torpes sacan a la luz reflejada en el albero un verraco y su familia gorrina de jabatos.

¡Picadillo con ellos!, gritan unos. ¡Al corral de los cerdos!, sentencian otros.

Llegan cables desde el otro lado del Atlántico, en que Naciones Unidas pide el fin de las detenciones arbitrarias y del maltrato animal: no son toros de lidia, sino animales de granja, casi de compañía, de tan domésticos. El Gobernador interviene para recordar al respetable que es bestia parda y merece una oportunidad de morir como un toro verdadero, el honor más grande de un animal español: morir degollado por su acosador y no por un carnicero en serie.

Marcha desencantada la gente sin criterio, pero no la ciudadanía patriótica, que se queda a ocupar las plazas que haga falta para disfrutar de la fiesta por excelencia. Desde la barrera, el espontáneo que saltó a la plaza más difícil (la de Barcelona) y dióse de morros contra su cerrada puerta, pide una pieza de fruta al hortera que pasa a su lado.

– A ver, chico, ¿Qué llevas ahí?

– ¡Un préssec me queda!

– ¡Pero eso es indignante…!

– Lo siento, se dio bien la tarde.

– ¡¿ …Cómo has podido vender melocotones catalanes en España?!

– Pues como se compra el cerdo catalán: renegando. Al sol de la tarde han cogido color en las mejillas, y todos han querido fer el préssec.

¡Ay, madre!, ¡Qué pequeña y sola te vas a quedar defendiendo el espectáculo!

No es platillo volante, sino melocotón fresco y muy en sazón
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